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| Foto: surestepress.wordpress.com |
Cuando encontró la lámpara la reconoció de inmediato. El nerviosismo se apoderó de él. Era, sin duda, la de aquel cuento en el que un niño pedía tres deseos y le eran concedidos. La frotó con ahínco pero no pasó nada. Cogió la lámpara con irritación y la arrojó por una ventana dedicándole una sarta de improperios y palabras malsonantes. Pronto cambió de opinión y fue a buscarla. Efectivamente, el genio que había permanecido encerrado en su interior acababa de salir.






