jueves, 1 de agosto de 2019

La plaza del ficus

Premio Andalucía - VII Certamen Literario María Carreira



Me gusta atravesar de noche esta plazuela, por eso demoro mi vuelta a casa con excusas de vagabundo. Plaza del Ficus, la llama todo el mundo, en homenaje al colosal ejemplar que se ha adueñado de todo el espacio. Sus raíces atormentadas revientan el cemento que intenta aplastarlas, como si se rebelaran contra un enterramiento no pactado. Es la plaza la que regula mi jornada, mis paseos, mi agenda. Es el ritmo de sus luces y sombras lo que me marca el horario, no ese reloj holgazán que corona la balconada. Como un perro sin dueño, me entretengo por los alrededores hasta que vislumbro de lejos sus farolas encendidas. Entonces, cuando la presiento abstraída y solitaria, decido abordarla. Y en cuanto la penetro por mi esquina preferida, me sobrecoge el presentimiento de que algo va a suceder mientras la cruzo; algo inesperado que compense el hastío que rebosa mi programa. Es el escenario ideal para la magia: silencioso, mal iluminado, listo para el sobresalto.

Sin embargo, esta noche, el ver esa ninfa oscura escarbando entre las basuras apenas me sorprende, quizás porque voy absorto, rumiando las tensiones del claustro donde hemos debatido el cambio de nombre del instituto, hasta ahora titulado con los apellidos de un prestigioso poeta local ya fallecido. Las redes sociales están difundiendo que hace años acosó sexualmente a una fisioterapeuta del polideportivo municipal mientras le rehabilitaba una pierna recién operada. Los improperios zumbaban aún por mi cabeza cuando la he visto desnuda entre los contenedores, tan solo cubierta por una mugre ya curtida. A medida que me voy acercando, puedo darme cuenta de que sangra piernas abajo. Pienso que podría ser por una violación o por un aborto, tal vez por ambas cosas. O simplemente que le ha venido la regla. Está tan sucia que es imposible deducir su edad, aunque podría estar en esa franja difusa que llaman edad mediana.

     —¿Necesitas ayuda? ¿Quieres que llame a alguien?

Ella niega con la cabeza y yo sigo mi camino con un ligero sentimiento de culpa. Pero al sacar las llaves la veo reflejada en los cristales del portal: me ha seguido. La invito a subir y compartimos el ascensor en silencio. Ya en mi apartamento, le lleno la bañera de agua caliente y le extiendo unas toallas por el suelo. Tras prepararle un plato con sobras de la comida, le digo a través de la puerta del baño que cene, que coja del armario la ropa que quiera y que se acueste en el sofá. Como no me contesta, entreabro la puerta y compruebo que está bien. Sacando la cabeza del agua me da las gracias con la mirada. Tengo tan pocas ganas de hablar como ella, así que como un poco de fruta y me acuesto sin esperar a que salga.

Esta mañana sigue durmiendo sobre el sofá. Como se le ha caído la manta al suelo, puedo ver que tiene el cuerpo lleno de cortes y moratones. Cuando abre los ojos, le pregunto qué le ha pasado, quién le ha hecho eso, y me contesta que no quiere hablar de ese asunto.

     —Dime al menos cómo te llamas. Yo soy Tomás.

Me dice que se llama Susi y que tiene veinticinco años, aunque parece mucho mayor y así se lo digo.

     —Gracias.
     —Está bien, Susi, te voy a llevar a que te miren estas heridas— No me deja terminar: niega con la cabeza y me da la espalda bruscamente— Como quieras. En ese armario hay ropa de hombre y de mujer, elige la que quieras y vístete. Está todo pasado de moda, pero siempre será mejor que ir desnuda. Vamos, tengo que ir a trabajar y no puedes quedarte en el piso, lo siento.

Entramos al bar donde desayuno antes de ir al trabajo. Joaquín, el camarero, exagera su sorpresa al verme acompañado. Le gusta bromear a mi costa, pero esta vez la presencia de la chica lo contiene, aunque no deja de salpicarme con gestos irónicos mientras nos sirve. A la cuenta de los desayunos añado algo de dinero para que le dé de comer un par de días.

     —Con esto tiene para un par de meses —me dice—. Siempre, claro está, que se conforme con lo que me sobre del menú del día. Que se pase a última hora.

Nunca había visto a Joaquín tan generoso. Llego a pensar que pretende sacar algo sucio de Susi, a la que parece mirar como un juguete asequible. Si un desgraciado como yo lo ha conseguido… Pero, al fin y al cabo, a mí qué más me da… Bastantes problemas tengo ya. Me despido de los dos y me dirijo al instituto. Como voy bien de tiempo y me coge de paso, entro antes en el supermercado para consultar las condiciones del servicio a domicilio que, si la cabeza y las piernas continúan su deterioro, cualquier día tendré que empezar a utilizar. Pero cuando veo al encargado increpando a gritos a una empleada plantada sobre un charco de aceite y afligida como si acabara de romper aguas, lo dejo para otro día.

Después de comer se reanuda el claustro extraordinario. Un hijo del poeta repudiado, profesor del centro, no asiste con permiso del director. Ha hecho bien, porque además de denigrar la conducta del poeta, se reprueba también su poesía, que si hasta ayer mismo era valorada como intensa y apasionada, ahora se la tilda de “repulsivamente patriarcal”. Los mismos profesores (y profesoras) que anteayer mismo habían emocionado a los alumnos con sus poemas en clase de literatura, ahora condenan el uso que hizo de los sentimientos de la mujer “para exhibir su prevalencia machista”. Alguien expone la conveniencia de separar el arte del artista, pero enseguida se le replica que no, que “el arte no es solo cuestión de estética, sino también —y sobre todo— de ética”.  Cuando por las ventanas de la sala han dejado de verse los pinos y ya solo se ve la noche, se vota entre los siete nuevos nombres propuestos (entre los que estaba el de la fisio acosada) y sale vencedor el de una filósofa de la región nacida en el siglo XIX, que tuvo que usar un seudónimo masculino para ver publicados sus libros. Se aprueba por mayoría solicitar al ayuntamiento la retirada de las placas con sus poemas que se instalaron en el parque municipal.

Yo, que soy el vicesecretario del centro, tomo notas sin parar para redactar luego el acta con el máximo de entrecomillados posible: no quiero que se me impugne en el claustro siguiente por cualquier minucia y se me obligue a redactarla de nuevo. Aunque luego no falta quien me reprocha que sea demasiado meticuloso y critican mis actas por prolijas y repetitivas. Todo es cuestión de perspectiva.

Levantada la sesión, se me acerca Pilar, la profesora de Matemáticas:

     —Vaya, vaya. El bueno de Tomás… Así que no querías compromisos…
     —¿Qué quieres decir?
     —Nada, que esta mañana te he visto bien acompañado mientras desayunabas. Y, la verdad, me ha parecido que os entendíais muy bien —. Y se aleja entre carcajadas.

Camino de casa, doy un rodeo para pasar por mi plazuela. Se ha cerrado ya sobre sí misma, clausurando ese ámbito entre sacramental y diabólico presidido por el ficus. Qué diferente a la luz del día. Entonces, los que la cruzan le arrebatan cada uno un girón de su misterio y dejan a cambio los rastros de su mediocridad: toses, colillas sin apagar, disputas sin resolver… Un simple lugar de paso donde solo los perros se detienen a orinar en el tronco del ficus.

Pero creo que ya he hablado antes de mi plaza. Si me repito es porque poner el pie en su entrada es como apretar el botón que me despierta cada noche el mismo temblor. De todas formas, mis alumnos y compañeros coinciden en que me repito mucho. Asomo la cabeza al bar de Joaquín y le pregunto si ha pasado Susi a comer. No, y a cenar tampoco. Y trata de devolverme el dinero que le adelanté.

Bueno, yo ya he cumplido, me justifico. Lo que haga ella con su vida ya es cosa suya. Pero al salir del ascensor la veo sentada en el rellano de mi puerta, recostada contra la pared.

     —¿Por qué no has ido a comer al bar de Joaquín? —me responde con un mohín de disgusto—. ¿No te gusta la comida?
     —No me gusta él. Me humilla.
     —¿Cómo te humilla?
    —No sé… por la manera de servirme. Y hace bromas conmigo para que se ría la gente. Y no para de acariciarme…
     —Ya hablaré con él.
     —Déjalo. No vale la pena que os peleéis por mi culpa.

Ni a mí se me ocurre preguntarle qué hace allí, ni a ella pedirme permiso para entrar. Sucede a veces que la noche nos contagia su sinrazón y nos hace actuar sin coherencia: simplemente, giro la llave, empujo la puerta y ella se cuela. Doy la luz y pregunto qué le apetece cenar. Es una pregunta tonta, porque solo tengo sobras de comidas anteriores. Después de acabarlas, me pongo a redactar el acta del claustro en la mesa del salón, casi pegada al sofá donde ella se acuesta. Me siento de espaldas para que no me distraiga de mi tarea. “En el IES JPO, a las 16 horas del día tal se reúnen los profesores con las ausencias señaladas al margen…” (Omito la del hijo del poeta, sería injusto que lo sancionaran por no asistir a la lapidación de su padre). Susi ronca a oleadas discontinuas que me desconcentran. Me acuesto.

A la mañana siguiente decido averiguar qué hay de cierto en lo que me contó Susi. Ella se queda fuera, en la puerta del bar. Le pregunto a Joaquín por qué no quiere entrar.

     —Y yo qué sé, será que le caigo mal.
     —Si quieres te doy más dinero y la tratas un poco mejor, con más respeto, ya me entiendes.
     —No, no te entiendo, dice cortante—. Va a servir a otro cliente y cuando vuelve se me encara apuntándome con el dedo— Veinte años. Veinte años viéndome la jeta cada día y ya veo que aún no me conoces. ¿Por quién me has tomado? No te mando a la mierda porque sé que tienes problemas aquí —sentencia tocándose la frente con el índice—. Toma tu dinero.

Pasan los días sin cambios aparentes fuera de casa: clases por la mañana, talleres por la tarde, la comida en medio... Algún paseo y vuelta a mi nido, donde más tarde o más temprano llegará Susi sin dar explicaciones. A veces me la encuentro sentada en la escalera. No quiero darle las llaves porque no estoy dispuesto a asumir que esta forma de vida va a ser definitiva, que algo tan inconcebible se convierta en una rutina. Me he disculpado con Joaquín por lo del otro día. Susi ya ha vuelto a comer allí. O la necesidad le ha hecho tragar las humillaciones que insinuó, o él la trata de otra manera. El caso es que no parece pasar hambre, porque apenas cena. Tal vez sea porque se ha acomodado a mis hábitos.

Cada día me hago el propósito de acabar con esta situación. Dependiendo de mi estado de ánimo, ensayo expresiones más o menos tajantes: o “ella tendrá que comprenderlo” o “hasta aquí hemos llegado, jovencita, ni esto es una oenegé ni yo estoy ya para juergas”. Esta mañana, por cierto, me he vuelto a pasar por el supermercado a gestionar lo del servicio a domicilio, porque mis piernas cada día van peor. Encuentro al encargado con la policía. Por lo visto, han robado en el servicio de caballeros el secador de manos, el espejo, el cerrojo, dos grifos y la llave de paso. Está todo inundado y él muy alterado y húmedo. Volveré otro día.

Otro asunto que tengo que solucionar es el de mis pastillas, que llevo ya una semana sin tomar y mi cabeza lo nota. La última vez que fui me olvidé la tarjeta sanitaria y no pudo ser. Es otro de mis conflictos: la química o el caos. Esta mañana he vuelto al médico de cabecera a por las recetas y me he encontrado con una cola desalentadora. (En el fondo es un alivio, porque me da tiempo a prepararme para el abrumador interrogatorio con que me fustiga antes de recetarme nada). Me informan de que el doctor ha tenido que salir para una urgencia, pero circulan diversas versiones sobre la misma: que ha tenido que salir pitando porque su mujer se ha quedado encerrada en el ascensor; que ha sido agredido por un enfermo; que le han avisado de que hay termitas en la caseta del jardín…  Volveré otro día, pero tendrá que ser pronto, porque llevo ya una semana sin pastillas y mi cabeza… (creo que esto ya lo he dicho).

Y queda pendiente además la pejiguera del acta del claustro, de la que no tengo redactado más que el primer párrafo. Confieso que no es solo por pereza. No puedo evitar sentirme cómplice cuando leo en mis notas los improperios al poeta y sobre todo la solicitud de retirar sus poemas grabados en el parque. Por eso trato de dar con expresiones neutras, desteñidas del odio con que algunos se manifestaron. Admito que en lugar de lamentarme ahora, debería haber tomado en ese momento la palabra y… Y ya estoy cayendo otra vez en lo mismo. Mi vida está llena de debería haber dicho y debería haber hecho que no son sino la expresión de mi cobardía. Ojalá mis reproches empezaran con un no debería haber hecho, porque es más honesto correr el riesgo de equivocarse que no hacer nada por miedo al error.

Tras una noche de insomnio he llegado a una conclusión: esto no puede seguir así: Susi tiene que irse ya. Yo no puedo hacerme cargo de ella. Llevo días cavilando cómo decírselo, pero ha sido algo que me sucedió ayer lo que me ha hecho tomar esta decisión. Volvía a casa, como siempre de noche. Cuando había atravesado media plaza, me sacudió de golpe una sensación de rechazo. Esa no era mi plazuela. No fue su arquitectura ni su decorado lo que me lo reveló, ni siquiera la ausencia del ficus, sino ese repentino escalofrío que hubiera sentido igual con los ojos cerrados. No sabía dónde estaba ni cómo había llegado hasta allí: me encontraba perdido en mi propia ciudad. No reconocía las calles, ni los edificios, ni los jardines, incluso llegué a dudar de que era yo aquel forastero extraviado que daba vueltas sobre sí mismo tratando de ubicarse. Tardé horas en volver a orientarme, y cuando llegué a casa, ya de madrugada, encontré a Susi durmiendo, recostada en la puerta, sucia y maloliente, aunque sin nuevas heridas. Sin siquiera mirarme, tambaleándose por el sueño o por el alcohol, se metió dentro y se tumbó en el sofá tal como iba. Apenas había cogido el sueño cuando me han despertado sus vómitos, así que he tenido que pasar la fregona mientras ella, ella sí, dormía plácidamente. Durante toda la noche he estado rebuscando las frases con que explicárselo de manera que el trago no le sea demasiado amargo. Pero llegado el momento no he sido capaz de hablarle. Es esa mirada menesterosa de animal doméstico lo que me ha enmudecido. Quizás fuera de casa, a la luz del día y al aire libre, no me será tan penoso decírselo. Así que la saco a la calle aún adormilada con el pretexto de que hace un día espléndido y además es domingo, que es cuando Joaquín prepara unos churros insuperables.

Salimos, pues, y en la puerta del bar se detiene alzando el cuello, como olfateando algo inesperado. De repente, se vuelve hacia la plaza y sale disparada. Un hombre joven y con un aspecto tan desamparado como el de ella, lo espera en el centro. Se lanzan el uno contra el otro, se abrazan, se comen a besos. Los vemos alejarse retozando, entre risas y empujones, amagando pelearse como dos niños traviesos. Joaquín me mira, entre burlón y compasivo. Yo me quedo paralizado. Por una parte, me duele que se haya marchado así, sin una palabra, ni una mirada siquiera de despedida, no digo ya de agradecimiento. Pero por otra, me ha evitado tener que afrontar esa decisión que tanto me ha preocupado los últimos días. Me ha dejado —se ha escapado— en el momento y de la forma más oportuna: sin dejarme resquicio para la mala conciencia. Debería celebrar que me haya liberado de una situación que hubiera llegado a ser peligrosa, como se celebra el haber perdido el avión que luego explota por los aires.


Como Joaquín se está poniendo insoportable con sus bromas, apuro el café de un trago y salgo a pasear. Efectivamente, hace un domingo espléndido. Sin darme cuenta me he ido acercando al parque. Se está llenado de gente: ancianos paseando, niños en bicicleta, jóvenes haciendo footing, parejas en el césped, familias… Yo sigo mi propio recorrido, haciendo etapas ante las placas del poeta maldito. La mayoría de los versos, pensados seguramente en este mismo parque, aparecen soterrados bajo insultos de negro y grueso trazo. Si tuviera delante al energúmeno de las pintadas, le preguntaría: Tú, dime, ¿qué error formal o conceptual ha despertado tu odio? ¿Qué descuido gramatical o rítmico ha disparado tu látigo soez? ¿Qué tropo inadecuado ha merecido tu condena? Probablemente seré yo su último lector puesto que del claustro salió una propuesta para que el ayuntamiento retire los poemas (creo que esto ya lo he dicho), algo que sin duda hará gustoso sin esperar a que los rumores se confirmen.

Leo en esta placa su dolor por la ausencia de la amada, “aquí me encuentro, ciego de un ojo, manco, hueco el corazón, tan solo cáscara…”; en esta otra, siento el frío que hizo su casa inhabitable desde que ella se fue y que le empujaba al bálsamo de estos mismos senderos que yo piso ahora, de estos cenadores donde ahora mismo descanso mis piernas. “Hoy estoy tan vivo que hablo en el parque con jóvenes y ancianos, juego con niños en el vuelo de sus columpios, en los toboganes de palabras con las que hoy construirán su mundo, y yo el mío…”. Transitando de poema en poema repaso mi propio conflicto entre la soledad y las ataduras, entre la indiferencia y la culpa, entre el vacío y el laberinto. Y, como él, encuentro alivio en el piar ajeno de los pájaros que “ni mansos ni salvajes nos pueblan, se acercan despaciosos con el sutil anhelo de unas migas de pan…”  Yo no sé si será justo que la brisa de sus versos se lleve con el tiempo el hedor de su bajeza moral (si es que de verdad la hubo).

En ese momento una sombre se proyecta sobre la placa que estoy leyendo: es Susi, que se ha colocado detrás haciéndome sentir su aliento.

    —¿Y tu amigo? —se encoge de hombros—. Mira, lee este poema: “Desde que te fuiste, qué frío en los espejos”. Léelo entero, es muy corto, y dime qué te parece.
     —No lo entiendo del todo, pero me gusta.
     —Ahora imagina que quien ha escrito eso ha sido el que te hizo todas esas heridas. ¿Te seguiría gustando? —me mira sin contestar—. Dime, ¿te seguiría gustando?
     —Ni quien ha escrito eso me haría daño ni quien me lo ha hecho sería capaz de escribir así.
     —Creo que te equivocas.
     —Entonces es mejor no saber quién hace las cosas que te gustan. Por si acaso.

Salimos del parque en dirección al río. Andamos despacio, muy juntos. Apenas hay gente en la ribera, tan solo algún perro solitario que se nos aproxima y algún gato que nos evita cuando invadimos su espacio.

     —¿No estarías mejor con ese chico? —pregunto para retomar el asunto que ha quedado pendiente, porque lo que ha pasado esta mañana ha sido tan solo un interludio que no estoy dispuesto a dilatar. Solo rompería mi rutina para sustituirla por otra que fuera como mínimo tan apacible como la que me envuelve. Y, puesto a ser egoísta, siempre a cambio de un beneficio que no tengo interés en calcular.
     —No lo sé, dame un tiempo.
     —Verás, Susi, yo no puedo…

Entonces siento su beso en la mano, tan prolongado y húmedo que parece un lametón.

Si en lugar de aplazar la solución de los problemas los afrontara, no estaría yo paralizado en este círculo fantasmal. Me pasa con las compras, los médicos, las pastillas, el acta del claustro… Y sobre todo con Susi. Si el problema lo metes en una bolsa y la cierras, va fermentando y produciendo gas y la bolsa se hincha más y más hasta que un día te explota en la cara. Y esto es lo que me ha pasado con Susi esta misma tarde.

En la marquesina del autobús han pegado un folio con una foto y un texto: Perdida. Responde al nombre de Linda. Tiene problemas de salud. Y un teléfono. Lo que me deja pasmado es que la foto es de Susi. Sin ninguna duda. Arranco el papel y abandono la parada en su busca. Como no sé por dónde puede andar a estas horas, decido esperarla en la plazuela, por donde pasará para ir a comer al bar de Joaquín. Me siento en un banco y repaso el papel: Es ella, no hay duda. Todo encaja menos ese Responde al nombre de Linda, que suena más a perro perdido. Cuando la veo aparecer, me lanzo señalándole la foto.

     —Me has mentido, te llamas Linda.
     —Si quería cambiar de vida, tenía que cambiar de nombre.
     —Voy a llamar ahora mismo este teléfono.
     —No lo hagas, las heridas me las hicieron ellos.

Susi adivina lo que pasa por mi cabeza porque me suplica llorando que no llame a la policía, que será peor. Que buscará otra solución. En esto irrumpe Joaquín agitando un folio:

     —Han pasado unos señores con este papel preguntándome si he visto a esta perra. Mira, es tu perra, la que te encontraste. Aquí dice que se llama Linda, pero es Susi, tu perra. Seguro.

Parece como si todos se hubieran confabulado para gastarme una broma en cadena, como esas con cámara oculta que han acabado con la fe en el milagro. Cada uno juega su papel: el que me vigiló para poner la foto justo en la parada del autobús que suelo coger; Susi, que, efectivamente me mira con cara de perra maltratada; y ahora Joaquín, que interviene mientras sus clientes se estarán apretando los genitales meándose de risa.

Le digo que está loco, que si es una broma no tiene gracia. Pero él insiste:

     —Que sí, Tomas, que es Susi. Mira el collar, el color… todo coincide. Es tu perra, Tomás…

¿Qué quiere decir con es tu perra? ¿Qué sentido le da a esa palabra? Siento como un mareo que me nubla la visión. El folio de Tomás y el mío son idénticos: las mismas frases, el mismo tipo de letra, el mismo teléfono. Pero la foto la veo borrosa, con los rasgos fluctuando ente los de Susi y los de un basset hound, superponiéndose unos a otros como en un fundido encadenado. Joaquín, que se da cuenta de mi estado, me invita a sentarme y a tomar algo. Pero Susi me tira del brazo. Vámonos a casa, me suplica, es ya de noche y estoy cansada.

Se tumba en su sofá y la observo en busca de alguna certeza. Habla como Susi, desde luego, pero sus gestos, y sobre todo esa mirada desvalida que ponen los basset, me hacen dudar.

Paso la noche en duermevela, asomándome a intervalos para comprobar si es Susi o Linda. Es Susi una y otra vez. Por la mañana, al salir, le ofrezco una copia de las llaves de casa, por si se ve en peligro. Pero las rechaza.

     —Ya me he acostumbrado a esperarte en la escalera.
     —Entonces, si sales, cierra de un portazo.

Yo sé que soy raro. Es más, en todos los ámbitos donde me he asentado algún tiempo, he acabado siendo el raro por antonomasia. Al principio he notado las miradas suspicaces de la gente y los cuchicheos y los silencios cuando llegaba, pero luego, tanto los demás como yo, hemos asumido que soy el raro, como otros asumen que son el bajito o el calvo. Siempre he tratado de ocultar, eso sí, que ando con psiquiatras; no porque me avergüence, sino porque si se difundiera podría afectar a mi trabajo. Un suspenso, pongamos por caso, o un correctivo, ya no se protestaría como una simple injusticia. El alumno —o sus padres— buscarían motivos más allá de lo estrictamente académico. Creo que se me entiende. Lo que quiero decir es, simplemente, que he acabado aceptándome como soy, sin complejos; pero que lo que me está pasando estos días ha hecho que me vuelva a plantear muchas cosas. Vivo como reinventándome, buscando señales, certezas sobre mí mismo y sobre lo que me rodea. Ahora, por ejemplo, estoy aquí, en la barra del bar del instituto, desayunando, pero estoy más pendiente de si todo encaja a mi alrededor que de mi café y mi tostada. Ahí, a pocos metros, sentada en una mesa y revisando unos exámenes, veo a Pilar.

     —¿Molesto?
     —Tú nunca, Tomás.
     —Pilar, ¿te acuerdas cuando me dijiste me habías visto bien acompañado? ¿A qué te referías?
     —Pues nada, que ibas con una perrita muy maja.
     —¿Te fijaste en la raza?
     —Uy, yo de razas no entiendo, pero era como ese perro detective que sale en los anuncios.     ¿Cómo lo llaman…? Rastreator o así… Tomás, ¿te pasa algo? Te veo raro.

Las pruebas, pues, se acumulan. La última, que debería ser definitiva, me la encuentro en el portal, al volver a casa. Está Susi en el suelo sangrando por la nariz y por la boca. Me asegura que la ha atropellado un coche, pero más parece que le hayan dado una paliza. Llamo a una ambulancia, que llega a las dos horas. Los sanitarios me preguntan dónde está el herido y cuando les señalo a Susi, me miran desconcertados.

    —Caballero, esto es un servicio para personas.
     —Señores, esta señorita es una persona.
     —Esta señorita, como usted la llama, es una perra. Y de las perras se ocupan los veterinarios desde hace ya algún tiempo. Nos ha hecho perder toda la mañana, caballero.

Busco por internet una clínica veterinaria que llega con su unidad móvil –por cierto, mucho más rápido que la ambulancia- y se me lleva a Susi a hacerle radiografías. Yo voy a su lado preguntándole quién la ha golpeado para poner una denuncia. Ella insiste en que ha sido un coche, pero no me lo creo. En cambio el veterinario se pone de su parte; no es frecuente, dice, que la gente vaya pegando palizas a los perros, es más normal que los coches los atropellen.

Mientras espero los resultados de las radiografías pienso que esto ya no es una broma, que no puede ser que se hayan confabulado Joaquín, Pilar, los de la ambulancia, los veterinarios y la misma Susi. Y me vienen a la cabeza algunos episodios que podrían ser tomados como indicios, aunque no estoy seguro de qué: los perros que se nos aproximaban, los gatos que nos huían, las mismas quejas de Susi —¿o era Linda?— por las humillaciones de Joaquín, que seguramente consistían en ponerle los platos en el suelo; sus caricias, que ella —Susi— tomó por acoso… Su tendencia a ir desnuda, a olfatearlo todo, aquellos lametones en la mano, que a mí me parecían besos… esos correteos a mi alrededor que me evocaban juegos de niños… Y nuestras conversaciones… ¿No sería que yo traducía a palabras su expresión corporal, canina y primaria? Y aquel guardia urbano quiso sacarme una multa por no recoger sus excrementos… Si a mí me parecieron delirantes los motivos que me daba para sancionarme, más delirantes le debieron parecer a él los argumentos de mi defensa, porque me dejó marchar moviendo la cabeza incrédulo. En fin, la acumulación de pruebas debería condicionar mi percepción de la realidad. Y, de hecho, hay señales de que mi cabeza vuelve a funcionar con normalidad, siempre que por normalidad se entienda ver las cosas como la mayoría.

Van pasando los días. Susi —Linda— no tiene fracturas y se va recuperando. Se ha habituado a dormir en mi cama. Unas veces es Susi, otras, Linda, sin ninguna pauta.  Cuando vamos a comer al bar de Joaquín, sea quien sea, exijo que se la sirva en mi mesa, con cubiertos de persona. He llegado a un acuerdo con él: le pagaré un menú de ser humano, lo que marque la carta. Cuando algún cliente le pide explicaciones, él se encoge de hombros resignado y extiende los brazos con las palmas hacia arriba. Cuando es Linda, le pongo la correa y la saco al parque sin olvidar una bolsa para sus excrementos, por si las multas. Cuando es Susi la llevo al gimnasio, a tiendas de ropa y a conciertos. Y así vamos tirando y no nos va del todo mal. Por lo pronto, he dejado de tomar pastillas.

Como he dicho antes, cada vez con más frecuencia observo en Susi la mirada y los gustos de Linda, y no me refiero solo a la comida. El caso es que, como contrapartida, me entran también dudas sobre quién soy yo. ¿Y si yo fuera también un perro abandonado, indeciso entre la búsqueda y la huida, que se cree un profesor de instituto, un lector de poesía, un escritor de cuentos?

 José María Marín Martínez

1 comentario:

  1. Un relato sugerente, poético y mágico... cómo esa plaza presidida por el ficus. Me encantó cuando lo leí por primera vez. Me ha conmovido, además, cuando lo he releído por segunda vez.

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