viernes, 1 de julio de 2016

No puedo parar el rock

Relato ganador del Premio al Mejor Autor 

Local del IV Certamen Literario María Carreira

Autor: Cipriano Fernández



Terminando los deberes de matemáticas recuerdo el suceso que cambió mi vida el año pasado. Mis padres, músicos de profesión, formaban parte de una orquesta sinfónica que se disponía a hacer una gira de varios meses por toda Europa. Para que yo no dejara de asistir al colegio, algo que sucedía en estas ocasiones porque siempre les acompañaba, mi madre pensó que sería buena idea que la abuela viniera a casa para cuidarme durante todo ese tiempo. Cuando despedimos a mis padres en el aeropuerto, acontecimiento que semanas más tarde lamentaría profundamente, quedé yo oficialmente a su cuidado.

 Tengo que decir que casi toda mi familia se ha dedicado siempre a la música clásica. Mi abuelo, que en paz descanse, fue tenor y transmitió su pasión a mi madre que se dedicó a tocar el oboe. Ella más tarde se enamoró de un formidable pianista, mi padre, así que desde que era un bebé crecí  rodeado de partituras e instrumentos. Cuando tuve edad para sostener uno de ellos me enseñaron a tocar el violín que, por cierto, se me dio extraordinariamente bien. Bueno, dije antes en  casi toda la familia, pues a mi abuela jamás le interesó algo que tuviera que ver con la música clásica. De modo que cuando ensayaba en casa no apreciaba la virtuosa ejecución de mis piezas, simplemente me decía que eran muy bonitas, pero yo echaba en falta la atención de un oído que supiera apreciar mi gran habilidad. Los primeros días se atrevía a interrumpir mi concentración mientras tocaba piezas de Mozart o Beethoven encerrado en mi cuarto. Me decía: ¡Antoñito, baja ya que la comida se enfría! Por cierto, hablando de comida, mis padres eran unos músicos extraordinarios, pero la cocina no estaba entre sus virtudes. En cambio, las sinfonías culinarias de mi abuela eran insuperables.

Una noche y mientras cenábamos viendo la televisión y yo me deleitaba con unas croquetas de jamón riquísimas, en el informativo anunciaron el comienzo de una nueva gira de la banda AC/DC. Mientras sonaban algunas de sus canciones el locutor contaba brevemente la historia del grupo.

-Antoñito ¿has escuchado música de ese grupo? -dijo ella mientras me servía un plato de sopa.
-¡Abuela! Eso es música para macarras- respondí.
-Yo nunca había oído hablar de ellos, creo que suenan bastante bien, además ¿te has fijado que el cantante actual nació el mismo año que yo? -su voz sonó animada.
-Abuela, esos guitarristas no saben tocar más de tres acordes, la batería suena machacona y en cuanto a la voz del cantante, parece que se hubiera tragado un millón de avispas.
-Cariño, parece música para divertirse. En mis tiempos escuchábamos a Nino Bravo, los Diablos y algunos grupos parecidos. También recuerdo el año que vinieron los Beatles a España, tu abuelo no quiso llevarme a verlos. El siempre criticando la música moderna ¡Anda, que tienes a quien parecerte!
-Los Beatles no tienen ni idea de música- respondí yo refunfuñando.

Después de hablar con mis padres por teléfono e irme a dormir, ciertas preocupaciones hicieron que tardara en conciliar el sueño. Una de ellas, por supuesto, era estar a cargo de mi abuela durante una buena temporada. Pero a este reciente acontecimiento había que sumarle dos asuntos que venían turbándome el sueño durante meses. Uno de ellos era mi problema con el Machacante, bueno, así es como yo le llamaba. Era un repetidor que no dejaba de meterse conmigo, siempre estaba riéndose de mi aspecto de empollón y dándome collejas en cuanto se le presentaba alguna oportunidad. El otro asunto era el de Virginia, la primer violín de la banda donde yo ensayaba todas las semanas. Era preciosa, además odiaba a Justin Bienteveo y no llevaba la carpeta de las partituras forrada con fotos de los Gemelos, como todas las demás ¡La chica ideal! Pese a que siempre intentaba hablar con ella, no me hacía mucho caso. De este modo yo era un hombre con el corazón roto, irritado por las collejas del Machacante, y no siendo suficiente con esto, mi casa, el único sitio donde sentía que había paz y estabilidad, se tambaleaba.

Después de un duro día de colegio, nada mejor que ensayar con el violín. Dentro de mi cuarto, a puerta cerrada, mientras me entregaba con pasión a una pieza de Beethoven oí un ruido distante, molesto y repetitivo. Seguí tocando mi instrumento, intentando  no des concentrarme, ya que dentro de varios días tocaría con la orquesta y tendría la oportunidad de sorprender a Virginia. Después de que mi abuela me avisara que la cena estaba lista, baje las escaleras. Abrí el reproductor de cd que había en el salón, pero la bandeja estaba vacía. Tras hurgar en el cajón de al lado, lo encontré. Era un disco de AC/DC. Guardé aquella atrocidad en su sitio sin ser descubierto y contuve mi ira antes de sentarme a la mesa, que ya estaba puesta.

Los deliciosos San Jacobos con puré de patata casi consiguieron que se me pasara el mal rato. Mientras tomamos el postre, un arroz con leche celestial, no pude contener mi indignación.

-¿Estabas escuchando música antes de la cena?-pregunte disimuladamente.
-Si- respondió.
-¿Qué escuchabas?
-Un disco.
-Un disco ¿qué disco?
-Pues un disco de música.
-Abuela, lo he visto.
-¿Qué has visto Antoñito?
-Era es un disco de rock duro, ¿de quién es?
-Mira, después de llevarte al colegio fui a comprar carne para los San Jacobos. Cerca de la carnicería había una tienda de discos y me acerqué a preguntar por esa banda que salió en el telediario el otro día. Al dependiente le sorprendió mucho que estuviera interesada en ese grupo, que precisamente es su grupo favorito, así que me grabó un cd para que pudiera escucharlos en casa.
-Abuela ¿no ves que se van a reír de ti?
-No digas tonterías.

Pues sí, a mi abuela empezó a gustarle AC/DC. Por las tardes, mientras bordada al lado de la ventana, escuchaba aquella condenada música. Yo estaba horrorizado, no solo porque tenía que soportar aquel ruido, sino porque más tarde o más temprano la noticia correría como un reguero de pólvora. Un reguero que terminaría estallando en mi colegio. Ya era capaz de imaginar las burlas de mis compañeros de clase, por no hablar del Machacante. Mi mundo se estaba desmoronando por momentos.

Una tarde, mientras hacía los deberes, ella pidió que bajara. Estaba arreglando una chaqueta vaquera llena de parches con logotipos de bandas de Heavy metal. Un escalofrío recorrió mi espalda. Pidió que me la probara y me negué rotundamente. Al final accedí después de que me explicara que era para un sobrino del tipo de la tienda de discos. Al parecer este hombre y mi abuela habían entablado amistad. Después estuve bastante nervioso, los minutos parecían horas y creí que nunca llegaría el momento de ver a mi gran amor. Tras almorzar y hacer mis deberes, me apresuré a preparar las partituras y el violín. De camino al conservatorio, la abuela apenas podía seguir mi paso. Hijo, ve más despacio que el lugar no se va a mover de sitio, decía ella mientras intentaba seguir mi ritmo al caminar. Una vez allí, ocupé mi lugar junto a la mujer de mi vida y empezamos a tocar. El profesor no me llamó la atención en ningún momento. Mis ejecuciones al violín fueron impecables, pero a pesar de esta gran maestría ella no me dedicó ni siquiera una mirada de reojo. Tras terminar intenté entablar conversación.

-Hoy has tocado muy bien- dije. Nada mejor que un piropo para romper el hielo.
-Gracias- respondió ella casi sin inmutarse.

Decidí entonces pasar a la artillería pesada, había estado esperando tres días para tener otra oportunidad de conquistarla.

- Parece que Mozart escribió la sonata número dos de violín pensando en ti- este cumplido no podía fallar, sobre todo tratándose de una violinista que ama la música clásica.
-Bueno, gracias- contestó educadamente mientras guardaba sus cosas y se fue en busca de su madre que la estaba esperando en la puerta.

Regresamos a casa. Estaba abatido. Esta vez era yo quien se quedaba atrás mientras caminábamos, después de desplomarme en el sofá ella empezó a hacer la cena. Poco después llamaron al timbre. La abuela abrió la puerta y sorprendido vi cómo dejaba pasar a un hombre, vestía una camiseta negra  y tenía un montón de tatuajes en los brazos. Traía en cada mano un paquete enorme de agua embotellada. Se presentó como Carlos, el dependiente de la tienda de discos a la que iba a mi abuela. Al parecer  se habían hecho tan amigos que se ofreció a traerle las cosas pesadas del supermercado que ella no pudiera cargar, ya que el vivía cerca de nuestra casa. Tras dejar la carga en la cocina le dio otro cd y una camiseta de AC/DC a mi abuela, después se despidió muy amistosamente. Los macarrones a la boloñesa de la cena fueron el único punto positivo del día, mientras cenamos no pude evitar hacer la pregunta.

-¿No te pondrás esa camiseta, verdad?
-Pues si, hay mucha gente que la lleva puesta.
-Pero tú ya eres mayor abuela.
-Antoñito, la edad no importa. Además, si el cantante tiene mi misma edad y hace está música, ¿por qué yo no puedo llevar una camiseta de su grupo?

Mis peores pesadillas se estaban materializando en mi vida, esa noche, antes de acostarme, recé a Dios mis oraciones. De acuerdo, se que no rezo nunca pese a que este año hago la comunión. Pero esta era una situación de extrema necesidad, mi vida ya sólo podría mejorar mediante intervención divina.

Cuando uno cree que las cosas no pueden empeorar, se equivoca, pude comprobar esto una tarde que estaba estudiando Geografía en mi cuarto. La abuela me llamó, yo bajé las escaleras aterrorizado, a estas alturas ya no se si se había hecho un tatuaje mientras yo estaba en la escuela o algo parecido. Ya en la cocina me preguntó si podría mandar un email desde mi ordenador. Me explicó que había pensado en enviarlo a AC/DC para decirles lo mucho que le gustaba su música y felicitarles por ello. Intenté disuadirla diciéndole que esos correos no los lee nadie, y que a veces los responden gente de oficina que no tiene nada que ver con la banda.

Insistió durante varios días hasta que no me pude negar, de modo que no tuve más remedio que hacerlo. Yo me senté delante del teclado y ella me dictó el mensaje donde les contaba lo mucho que le gustaba su música. Decía también que desde el 5 de octubre de 1947, día en que ella nació, no había escuchado ninguna música que le transmitiera tanta energía. Después de esto yo me esperaba ya cualquier cosa. Aproveché las llamadas diarias a mis padres para decirles que la abuela se estaba descontrolando, pero cuando les contaba lo que sucedía ellos se tomaban a la ligera los acontecimientos. Después finalizaban siempre la conversación pidiéndome que le hiciera caso y me portara bien.

Pasaron unos cuantos días sin que sucediera nada extraño, bueno, cuando digo extraño para mí significa nada fuera de lo habitual. Es decir, algo que no sea ver a tu abuela haciendo punto de cruz junto a la ventana mientras escucha rock duro, o también, que te saluden todos los moteros del barrio al pasar y que un dependiente macarra te traiga la compra del súper a casa. Viviendo esta rutina, que para mí ya se convertía en algo habitual, una mañana en el colegio sucedió algo imprevisible. Durante el recreo, el Machacante la tomó conmigo y no dejaba de empujarme cuando un chico mayor de último curso se acercó a nosotros. 

-¿Por qué te metes con mi primo? - le dijo el chico al Machacante que empezó a arrugarse por momentos.
- Este no es tu primo- contestó el otro.
-Pues desde ahora es mi primo, como te acerques otra vez a él voy a patear ese culo gordo que tienes ¿me has oído bien, zampabollos?

El Machacante asintió con la cabeza sin decir nada y se fue corriendo de allí. El chico me miró con una sonrisa.

-Si ese capullo te molesta otra vez me lo dices ¿vale?
-Vale- contesté yo desconcertado.
-Oye, dile a tu abuela que la chaqueta que le arregló a mi hermano quedó de puta madre.
-De acuerdo.
-Nos vemos colega- dijo para despedirse mientras me dio una palmada en la espalda.

Cuando regresé a casa le di el mensaje del chico y ella se alegró mucho. Varios días más tarde después del almuerzo subí a mi cuarto para preparar el violín y las partituras, pues  tenía otro ensayo con la orquesta. Durante la última semana había estado practicando casi el doble, estaba completamente seguro esta vez de conquistar a Virginia. Al bajar las escaleras comprendí que no sería tarea fácil, ya que mi abuela llevaba puesta la horrible camiseta de AC/DC que le regaló el tipo de la tienda. Intenté convencerla para que se le quitara, pero fue imposible. Me dijo que le apetecía mucho ponérsela. Así que caminamos a lo que podría ser mi fracaso más absoluto, mi amor estaba destinado a no ser correspondido. Al llegar al conservatorio mi abuela me dejó en la puerta y se fue a hacer unas compras para después venir a recogerme. Eso me benefició porque Virginia ya estaba dentro de la clase y no pudo ver aquella horrible estampa.

Desde que empezamos a tocar me apliqué a fondo, el profesor me observaba de vez en cuando sorprendido, eso era muestra de que mi técnica rozaba la perfección. Mi amor en cambio, no me dedico ni una miradita, se limitaba a tocar su violín con bastante desgana,  como si todo aquello no importara nada.

Al finalizar el ensayo, mi abuela estaba en la puerta de clase saludándome con la mano. Virginia pudo verla y sus ojos se agrandaron como los de un búho

-¿Esa es tu abuela? -me preguntó sorprendida.
-Si - respondí sintiendo como si yo mismo me estuviera echando por encima un jarro de agua fría.
-¡Que guay! ¿No?
-¿Guay? ¿Te gusta AC/DC?
-Un poco, lo que no me gusta para nada es esta maldita música clásica.
-Yo pensaba que te gustaba, como vienes a ensayar.
-La culpa es de mi madre, está obsesionada con que aprenda a tocar el violín y forme parte de una orquesta. Adiós Antoñito, seguro que me espera en el coche con algún cd de Vivaldi - dijo poniendo cara de asco.

Antes de alejarse me dedicó una amplia sonrisa y salió por la puerta. De camino a casa apenas abrí la boca, estaba en estado de shock, todo el esfuerzo que había hecho durante meses no sirvió para nada. A pesar de eso, parecía que el destino estaba mi favor. Había conseguido captar la atención de Virginia. Después de la cena gracias a unos impresionantes tallarines a la carbonara y un flan de huevo colosal, recobré el sentido. Necesitaba estar en forma, porque pocos días más tarde tendría lugar el acontecimiento más grande de todos. Un tsunami para el cual no estaba preparado.

El día del terremoto de magnitud diez en la escala de Richter fue el sábado. Había encendido el ordenador y estaba mirando las fotos que me habían mandado mis padres desde Noruega. Antes de apagarlo me di cuenta de que había recibido un correo electrónico de una dirección extraña. Cuando lo abrí tuve que hacer uso del traductor para entenderlo, ya que estaba escrito en inglés. El mismísimo Brian Johnson, cantante de la banda, había respondido el mail de mi abuela. Le decía que estaba muy contento de que hubiera descubierto la música que hacían y que disfrutara con ello. También la animaba a no tener ningún complejo a la hora de vestirse como ella quisiera o de escuchar rock duro a su edad, ellos mismos eran un ejemplo de que de que nunca es tarde para hacer lo que uno quiere. El cantante contaba en último lugar que estaba muy sorprendido porque ella había nacido el mismo día y del mismo año que él. Todo esto le había impresionado tanto que le regalaba dos entradas para su único concierto en España. Debido un problema de oído, que había sufrido últimamente, sería sustituido por el cantante de otra banda, pero iría a ver la actuación. Mi abuela y el acompañante que ella decidiera podrían estar con él en la zona vip durante el concierto. 

Cuando la llamé para darle la noticia no se lo podía creer. Pero era cierto, las entradas llegaron días más tarde por correo certificado. Para entonces mis padres ya habían vuelto a casa y tampoco podían dar crédito a lo que estaban viendo. Entre los posibles acompañantes para el concierto, mi abuela eligió al tipo de la tienda de discos. Cuando fueron se hicieron un montón de fotos con los miembros de la banda y salieron también en muchos videos de You Tube. Después de aquello era habitual que cuando mi abuela caminaba por la calle los rockeros se alegraran de verla. Tras volver a su casa mucha gente me preguntó por ella.

Gracias al rock han cambiado muchas cosas. El Machacante ya no se mete conmigo, ya que tengo un guardaespaldas que me protege. Virginia y yo nos hemos hecho grandes amigos, espero que pronto podamos ser novios. Además mi abuela se ha vuelto una rockera de pura cepa. Ella dice que yo siempre seré la persona que más quiere en el mundo y tiene la foto de mi primera comunión en un lugar destacado en su casa. Eso sí, al lado hay otra de los AC/DC, aunque ella dice que me prefiere a mí. 




1 comentario: