
La humedad trepaba desde el East River y empapaba los muros del edificio de la calle York en aquel mes de agosto de 1953. Se reanudaba una revisión rutinaria de Inmigración, como tantas otras miles desde que McCarthy hiciera sonar la alarma un par de años antes. El sujeto era un cincuentón de cráneo voluminoso, que ya sólo conservaba restos de pelo plateado en las sienes, y que cultivaba una poblada barba. Sobre la mesa, un gran magnetófono y un micro. Se dieron la mano y se sentaron el uno frente al otro. ¿Empezamos, Tony? Se hablaban con familiaridad tras las dos sesiones previas y trece horas de conversación como trece eran los años que Tony llevaba en Nueva York. Nunca había hablado tanto tiempo con nadie en aquella ciudad desmesurada. El funcionario masculló, 18 de agosto de 1953, Richard Mendes, Servicio de Inmigración, tercera sesión de la revisión de residencia de Antonio Mejías Valdivieso, español, nacido el 5 de junio 1898 en Pinos Puente, Granada, de profesión comerciante. En efecto, Tony regentaba una pequeña librería en Williamsburg, especializada en literatura española del Siglo de Oro. Dando nombre al establecimiento, el gran Góngora.